Conducir por carreteras locales de Asturias en otoño es viajar por un mundo que respira despacio. La lluvia, fina y constante, dibuja hilos sobre el cristal mientras el bosque se repliega en tonos de cobre, musgo y carbón. Cada curva parece guardar un secreto antiguo, y el asfalto húmedo recoge el murmullo de los ríos invisibles que corren ladera abajo.
La niebla, tímida al principio, va creciendo como un susurro que lo envuelve todo. Se aferra a los prados, se enreda en los castaños, atraviesa las puertas entreabiertas de las aldeas y convierte la ruta en un pasillo de misterio y quietud. Conducir entonces es casi un acto de fe: avanzar despacio, dejar que el paisaje marque el ritmo, sentir el motor como un latido cálido entre tanta humedad fría. En ese ambiente suspendido, la vista se afina, los sentidos se despiertan: cada matiz, cada silueta velada, cada destello de luz cobra una intensidad nueva.
En este tránsito silencioso, uno descubre que la carretera no es solo un camino, sino un estado del alma. Que el otoño asturiano —hecho de lluvia, niebla y madera mojada— no se recorre: te atraviesa. Y al final del trayecto, cuando la luz se abre paso como si descorriera un telón, queda la certeza de haber viajado también hacia dentro.
En otoño, ven a Asturias, disfruta de su paisaje y alójate en uno de los alojamientos rurales de nuestra asociación ARITUR.




